Cada persona somos un mandala

Cada persona somos un mandala.
Un mandala es un objeto mágico y cuando mueves algo en él, lo mueves en la vida.
A través de lo que tú sientes, modificando lo que sientes, sobre todo cuando sientes inquietud, te sitúas en conciencia y entonces puedes hacer rectificaciones en lo que está sucediendo.

Cada persona es un mandala cuando se sitúa en la conciencia de la humanidad, de lo óptimo, de la vida. Puede modificar lo que está sintiendo, reasignar, dar un sentido diferente a lo que está sintiendo, donde ya no esté el miedo ni otras emociones negativas, entregándose a ello porque sabe que cualquier cosa que esté sucediendo es la mejor y la adecuada.

Cada persona somos como un mandala de la vida, cuando te despiertas a esa conciencia.

Cada mandala traduce una realidad mágica

Cada mandala traduce una realidad mágica.
Podemos decir claramente que el mandala traduce una realidad mágica, y la traduce para quien mira el mandala con una determinada actitud, la actitud de mirar más allá de la apariencia.
El mandala traduce una realidad mágica que está dirigida a todas las personas que necesitan entrar en esa realidad mágica, entrar y transitar por ese mandala.

Ciertamente, todas las personas pueden transitar el mandala, porque dentro de todas y cada una de ellas está la realidad Dios. Dios se asoma en cada persona.
El mandala traduce una realidad mágica, que solo necesita que tú, yo o cualquier persona se asome a mirar desde su realidad Dios, porque el mandala traduce una realidad desplegada y no una realidad encogida.
La realidad, la dimensión del sufrimiento, de las deudas, de las enfermedades, es una realidad encogida, pero hay una realidad expandida.
El mandala expande la realidad para quien mira desde una actitud adecuada.