Cuando nutres lo real en una persona, le devuelves su alma

Nutrir lo real es un privilegio porque permite la plenitud y lo óptimo.
Pero nutrir lo real también es un lugar, no geográfico como pueda ser el emplazamiento de una ciudad, una montaña o un río, sino un lugar dimensional donde se produce la materialización y desmaterialización, es decir la transformación real; el surgimiento de lo real y el desurgimiento de lo no real, donde lo no real desaparece y lo real aparece con consistencia, con solidez.

Por eso hay una actitud donde encuentras vivencialmente que cuando nutres la realidad eres feliz; cuando nutres lo real en una persona, le devuelves su alma, y cuando descubres lo real en un lugar, encuentras su alma.
Todo eso pertenece a nutrir la realidad; es un privilegio. Pero al mismo tiempo existe un lugar donde esto es posible. Es un lugar deslocalizado, no como los del mundo de la apariencia, sino un lugar real donde estás o no estás, y sabemos que es real porque ahí se produce la transmutación, es decir la materia aparece y algo desaparece.

Ese lugar tiene que ver con el conejo de la luna, que llega a la luna en el código Tzolkin más allá de la frontera que separa las dos realidades de lo sufriente y lo óptimo, en el castillo verde, y llega allí a través de su actitud.
Pero esa actitud sincrónicamente también la encontramos en las palabras de un maestro que señala el lugar del nuevo nacimiento. Es el maestro que dice “mujer, he ahí a tu hijo” y señala a Juan, lo cual es un arquetipo de nuevo nacimiento; ese mismo maestro dice “tomad y comed, este es mi cuerpo, tomad y comed todos de él”. Pero al mismo tiempo establece un puente dimensional entre la realidad del viejo y del nuevo mundo.
A las personas del viejo mundo les señala una actitud y les invita a un enlazamiento cultural, pero también a las personas del nuevo mundo les señala una actitud, una realidad y un enlazamiento.

No sobra nadie. La totalidad significa todos.